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Argentina: la prueba de fuego
del sistema bipartidista
Por Marcela Valente
Buenos Aires, Argentina, 3 ene (IPS)—
La crisis institucional de Argentina hizo impacto en los partidos
políticos, que fueron impugnados por los ciudadanos en las calles
y aún antes, en las urnas, y la solución está lejos de vislumbrarse,
pese al esfuerzo de los líderes por recuperar autoridad con
la designación de un nuevo presidente con amplio respaldo.
“Si esto no funciona, tendremos una renovación
más profunda de la política,” vaticinó el analista político
Rosendo Fraga, del Centro de Estudios para una Nueva Mayoría.
De la suerte del presidente Eduardo Duhalde “depende que sobreviva
o no el bipartidismo que dominó la política argentina desde
mediados del siglo XX,” advirtió.
Por su parte, Duhalde -según aseguraron este jueves
al menos dos columnistas de prensa- reconoció ante sus íntimos
que si en 90 días su gestión no marcha, convocará a elecciones,
sin esperar hasta diciembre de 2003, la fecha en que completaría
la gestión trunca de Fernando de la Rúa, que renunció el 20
de diciembre.
Para Fraga, Duhalde, designado el martes por una
amplia mayoría de partidos, es la última alternativa de la política
tradicional para sobrevivir sin cambios de fondo. “Si fracasa,
en 2003 podría ser la oportunidad de romper con el histórico
bipartidismo,” añadió.
Esa fue la explicación que encontró el analista
para el rápido acuerdo entre el Partido Justicialista (Peronista)
y la Unión Cívica Radical (UCR), los dos partidos que se han
alternado en el gobierno, para votar a Duhalde y anular la convocatoria
a comicios realizada por Adolfo Rodríguez Saá en un breve interinato
de siete días en la presidencia.
Las encuestas anunciaban un mayoritario voto en
blanco en las elecciones del 3 de marzo.
Una fonoaudióloga, Edith Fuksman, de 59 años,
comentó a IPS que ella solía votar a la UCR, hasta que en las
elecciones legislativas de octubre voto en blanco, en rechazo
a la gestión de De la Rúa, surgido de ese partido.
Pero esta vez, si hubiera prosperado la convocatoria
a comicios en marzo, habría votado al trotskismo.
El diputado Luis Zamora, de ese movimiento, fue
el que mejor interpretó en los últimos acontecimientos al electorado
disconforme con los vicios de la clase política tradicional.
Zamora, que tuvo 10 por ciento de los votos de la capital, cuesionó
la dieta de los legisladores, sus componendas y su negligencia.
La designación este jueves del gabinete de ministros
del justicialista Duhalde, del que sólo forma parte un dirigente
de la UCR, nión Cívica Radical -que no fue propuesto por su
partido- y escasas figuras de prestigio indiscutible, fue un
primer paso incierto para una nueva administración vigilada
de cerca por la opinión pública.
Duhalde intentó convencer a dirigentes, legisladores
y gobernadores de fuerte peso político para que lo acompañaran,
pero la mayoría se excusaron, en buena medida por temor a participar
de un fracaso.
“Están luchando ya por los jirones del viejo
sistema,” señaló el columnista del diario La Nación, Joaquín
Morales Solá.
De acuerdo a un estudio del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo, que será presentado en marzo, 95
por ciento de los argentinos consultados en una amplia encuesta
creen que es necesario mejorar la calidad de la política en
el país.
Las elecciones legislativas de octubre pusieron
en evidencia síntomas del hartazgo de los ciudadanos por la
falta de solución de sus problemas, y una aguda crisis de representatividad
de los dirigentes políticos. Pero esa lectura incómoda fue rechazada
por el gobierno de De la Rúa.
La abstención en octubre fue de 23 por ciento,
pese a que la participación en elecciones es obligatoria, y
15 por ciento de los votantes lo hicieron en blanco o anularon
su sufragio, en respuesta a una campaña surgida espontáneamente
que llamaba a votar a próceres históricos o a personajes de
historietas, para protestar contra el sistema.
La aparente “indiferencia” fue aprovechada por
el ex presidente Carlos Menem (1989-1999) que, poco después
de quedar en libertad en una causa por tráfico de armas, propuso
tras una entrevista con De la Rúa reformar el sistema para que
el voto no sea obligatorio.
Es que en varios distritos, el porcentaje de votos
en blanco y nulos fue mayor que el conseguido por el partido
más votado. La mayoría de las consultas a las organizaciones
que informan sobre la votación se refirieron a la obligatoriedad
del sufragio y a las consecuencias de la abstención.
Uno de los distritos en los que ganó el llamado
“voto bronca (enojo)” fue la capital, el segundo por número
de electores y escenario por estos días de movilizaciones callejeras
espontáneas a golpes de cacerola, protagonizadas sin duda por
muchos de esos votantes negativos.
“Que se vayan los políticos,” fue la consigna
más aclamada. Cuando se intentaba ahondar en la sentencia, muchos
manifestantes reconocían que no estaban en contra del régimen
democrático ni del papel que corresponde a la política en el
sistema.
Lo que cuestionan es el estereotipo del político
deshonesto, corrupto, que busca su enriquecimiento personal
(económico y político) y que, para defender su permanencia en
un cargo, rompe promesas electorales y negocia en desmedro de
los intereses generales de la población.
“Nos dieron otra vez sopa (nos engañaron),” se
quejaba una mujer que había participado del “cacerolazo” causante
de la renuncia del ministro de Economía Domingo Cavallo y luego
del propio presidente De la Rúa. La mujer salió de nuevo a la
calle para protestar contra el peronista Rodriguez Saá.
El rechazo al bipartidismo se hizo carne en diciembre,
en otro escenario, aunque pasó inadvertido en el fárrago de
la crisis institucional.
La Federación Universitaria de Buenos Aires, que
reúne a los estudiantes de la universidad pública de la capital,
estuvo gobernada desde 1983 por Franja Morada, un grupo vinculado
a la UCR. Pero el mes pasado, un frente de partidos de centro
y de estudiantes independientes le arrebató la presidencia.
Según Fraga, la clase política argentina tuvo
tres episodios históricos de recambio. El primero, en el siglo
XIX, y el segundo, en 1916, cuando la UCR, el partido de la
clase media ascendente, conquistó el poder.
La tercera fecha histórica fue 1946, cuando surgió
el justicialismo, el movimiento liderado por Juan Perón, que
sería tres veces presidente.
El problema es que, a diferencia de las condiciones
de entonces, hoy nadie sabe con certeza quién cosecharía los
resultados de un cambio de ese tenor.
Sin acuerdo sobre origen
del terrorismo
Por Jim Lobe
Washington, DC, 4 ene (IPS)— Dos sectores
de la opinión pública y el gobierno de Estados Unidos manifiestan
profundas diferencias sobre las causas de los atentados del
11 de septiembre y los remedios contra el terrorismo antiestadounidense.
Esas diferencias remiten al debate que encendió
la pregunta “¿por qué nos odian?” que muchos estadounidenses
se formularon tras los ataques a las torres gemelas de Nueva
York y el edificio del Pentágono en Washington.
La polémica acallada cuando el gobierno lanzó
su campaña militar contra Afganistán, el 7 de octubre, retorna
a la escena ahora que la guerra se diluye y los objetivos de
Washington —la red terrorista Al Qaeda y su líder, Osama bin
Laden, acusados de los atentados— se vuelven más elusivos.
En su forma más simple, se trata de la última
batalla de las llamadas “guerras culturales” que estallaron
entre conservadores y liberales a fines de los años 60 y se
reavivaron durante el juicio político al ex presidente Bill
Clinton (1993-2001).
Un sector liberal de la opinión pública, conocido
como “los trabajadores sociales,” sostiene que la arrogancia,
insensibilidad y egoísmo de Washington hacia las víctimas de
la pobreza y la opresión ayudó a crear condiciones en las que
arraigó y floreció el terrorismo antiestadounidense.
Por tanto, arguyen, la acción militar debe ser
seguida por políticas y programas —asistencia, incorporación
a organismos multilares y mayor presión sobre regímenes opresivos—
que den respuesta a las necesidades y esperanzas de los pueblos
donde son reclutados los terroristas.
“Sin excusar de ningún modo los indefendibles
actos terroristas, aún debemos dar respuesta a aquellas condiciones
de pobreza e injusticia que son explotadas por los terroristas,”
afirma un documento redactado por los obispos de la Iglesia
Católica.
Del lado opuesto se encuentran los llamados “cowboys”
(vaqueros), por sus posturas duras y unilateralistas.
“La idea de que personas acaudaladas como (Osama)
bin Laden son empujadas al terrorismo por la pobreza es una
broma,” dijo el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, uno
de los funcionarios más derechistas del gobierno.
Las concepciones de los liberales, afines a las
de Clinton, son en su mayoría contraproducentes, afirman los
sectores duros.
El fracaso del ex mandatario para combatir el
extremismo islámico, y sus esfuerzos por ayudar a los pobres
y oprimidos — tal como la “permisividad practicada por los padres
de la generación de los años 60”— terminaron alentando y recompensando
al terrorismo, arguyen los conservadores.
La solución es precisamente la contraria: una
guerra dura e implacable contra el terrorismo, que debe trasladarse
ahora al corazón de Medio Oriente, pues el poder militar desplegado
en Afganistán hizo evidente las terribles consecuencias de agredir
a Estados Unidos.
“¿Qué diálogo en la región? Poder militar,” sostuvo
este viernes el columnista del diario The Washington Post, Charles
Krauthammer, en referencia a los intentos de alcanzar un cese
del fuego en el conflicto de Medio Oriente.
“La verdad elemental que los expertos eluden
una y otra vez es que el poder es nuestra respuesta,” escribió
Krauthammer en diciembre.
“La victoria cambia todo, y la psicología en
primer lugar. La psicología en la región es ahora de temor y
profundo respeto al poder estadounidense. Es el momento de usarlo
para enfrentar, derrotar o destruir a otros regímenes que alojan
al terrorismo islámico,” agregó.
Aunque extrema, la opinión de Krauthammer está
muy próxima a la de los derechistas nucleados en torno al secretario
(ministro) de Defensa, Donald Rumsfeld, incluyendo al subsecretario
Wolfowitz, cuya influencia es creciente en el gobierno de Bush.
Este fenómeno preocupa a los sectores liberales,
que evitan criticar la conducción militar de Rumsfeld, pero
insisten en que Washington no puede ganar la “guerra contra
el terrorismo” sólo con amenazas y acciones militares.
El comandante militar de Gran Bretaña, principal
aliado de Estados Unidos, Sir Michael Boyce, sostuvo el mismo
argumento en un discurso pronunciado en Londres hace tres semanas.
Una “resuelta voluntad” de ganar destruyendo a
Al Qaeda con una campaña de “alta tecnología” al estilo del
“salvaje oeste” no es suficiente para ganar “los corazones y
las mentes” en el mundo árabe, de donde proceden los terroristas,
sostuvo Boyce.
La participación británica en la polémica animó
a los liberales, que ven al secretario de Estado (canciller)
Colin Powell como su único representante dentro del gobierno.
El sector liberal respalda los esfuerzos del
gobernador del banco central británico, Gordon Brown, para poner
en marcha una estrategia de desarrollo similar al Plan Marshall
que Estados Unidos aplicó en la reconstrucción de Europa luego
de la segunda guerra mundial, como freno a la expansión comunista.
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