No. 156, Jan. 10-16, 2002

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Argentina: la prueba de fuego del sistema bipartidista

Por Marcela Valente

Buenos Aires, Argentina, 3 ene (IPS)— La crisis institucional de Argentina hizo impacto en los partidos políticos, que fueron impugnados por los ciudadanos en las calles y aún antes, en las urnas, y la solución está lejos de vislumbrarse, pese al esfuerzo de los líderes por recuperar autoridad con la designación de un nuevo presidente con amplio respaldo.

“Si esto no funciona, tendremos una renovación más profunda de la política,” vaticinó el analista político Rosendo Fraga, del Centro de Estudios para una Nueva Mayoría. De la suerte del presidente Eduardo Duhalde “depende que sobreviva o no el bipartidismo que dominó la política argentina desde mediados del siglo XX,” advirtió.

Por su parte, Duhalde -según aseguraron este jueves al menos dos columnistas de prensa- reconoció ante sus íntimos que si en 90 días su gestión no marcha, convocará a elecciones, sin esperar hasta diciembre de 2003, la fecha en que completaría la gestión trunca de Fernando de la Rúa, que renunció el 20 de diciembre.

Para Fraga, Duhalde, designado el martes por una amplia mayoría de partidos, es la última alternativa de la política tradicional para sobrevivir sin cambios de fondo. “Si fracasa, en 2003 podría ser la oportunidad de romper con el histórico bipartidismo,” añadió.

Esa fue la explicación que encontró el analista para el rápido acuerdo entre el Partido Justicialista (Peronista) y la Unión Cívica Radical (UCR), los dos partidos que se han alternado en el gobierno, para votar a Duhalde y anular la convocatoria a comicios realizada por Adolfo Rodríguez Saá en un breve interinato de siete días en la presidencia.

Las encuestas anunciaban un mayoritario voto en blanco en las elecciones del 3 de marzo.

Una fonoaudióloga, Edith Fuksman, de 59 años, comentó a IPS que ella solía votar a la UCR, hasta que en las elecciones legislativas de octubre voto en blanco, en rechazo a la gestión de De la Rúa, surgido de ese partido.

Pero esta vez, si hubiera prosperado la convocatoria a comicios en marzo, habría votado al trotskismo.

El diputado Luis Zamora, de ese movimiento, fue el que mejor interpretó en los últimos acontecimientos al electorado disconforme con los vicios de la clase política tradicional. Zamora, que tuvo 10 por ciento de los votos de la capital, cuesionó la dieta de los legisladores, sus componendas y su negligencia.

La designación este jueves del gabinete de ministros del justicialista Duhalde, del que sólo forma parte un dirigente de la UCR, nión Cívica Radical -que no fue propuesto por su partido- y escasas figuras de prestigio indiscutible, fue un primer paso incierto para una nueva administración vigilada de cerca por la opinión pública.

Duhalde intentó convencer a dirigentes, legisladores y gobernadores de fuerte peso político para que lo acompañaran, pero la mayoría se excusaron, en buena medida por temor a participar de un fracaso.

“Están luchando ya por los jirones del viejo sistema,” señaló el columnista del diario La Nación, Joaquín Morales Solá.

De acuerdo a un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que será presentado en marzo, 95 por ciento de los argentinos consultados en una amplia encuesta creen que es necesario mejorar la calidad de la política en el país.

Las elecciones legislativas de octubre pusieron en evidencia síntomas del hartazgo de los ciudadanos por la falta de solución de sus problemas, y una aguda crisis de representatividad de los dirigentes políticos. Pero esa lectura incómoda fue rechazada por el gobierno de De la Rúa.

La abstención en octubre fue de 23 por ciento, pese a que la participación en elecciones es obligatoria, y 15 por ciento de los votantes lo hicieron en blanco o anularon su sufragio, en respuesta a una campaña surgida espontáneamente que llamaba a votar a próceres históricos o a personajes de historietas, para protestar contra el sistema.

La aparente “indiferencia” fue aprovechada por el ex presidente Carlos Menem (1989-1999) que, poco después de quedar en libertad en una causa por tráfico de armas, propuso tras una entrevista con De la Rúa reformar el sistema para que el voto no sea obligatorio.

Es que en varios distritos, el porcentaje de votos en blanco y nulos fue mayor que el conseguido por el partido más votado. La mayoría de las consultas a las organizaciones que informan sobre la votación se refirieron a la obligatoriedad del sufragio y a las consecuencias de la abstención.

Uno de los distritos en los que ganó el llamado “voto bronca (enojo)” fue la capital, el segundo por número de electores y escenario por estos días de movilizaciones callejeras espontáneas a golpes de cacerola, protagonizadas sin duda por muchos de esos votantes negativos.

“Que se vayan los políticos,” fue la consigna más aclamada. Cuando se intentaba ahondar en la sentencia, muchos manifestantes reconocían que no estaban en contra del régimen democrático ni del papel que corresponde a la política en el sistema.

Lo que cuestionan es el estereotipo del político deshonesto, corrupto, que busca su enriquecimiento personal (económico y político) y que, para defender su permanencia en un cargo, rompe promesas electorales y negocia en desmedro de los intereses generales de la población.

“Nos dieron otra vez sopa (nos engañaron),” se quejaba una mujer que había participado del “cacerolazo” causante de la renuncia del ministro de Economía Domingo Cavallo y luego del propio presidente De la Rúa. La mujer salió de nuevo a la calle para protestar contra el peronista Rodriguez Saá.

El rechazo al bipartidismo se hizo carne en diciembre, en otro escenario, aunque pasó inadvertido en el fárrago de la crisis institucional.

La Federación Universitaria de Buenos Aires, que reúne a los estudiantes de la universidad pública de la capital, estuvo gobernada desde 1983 por Franja Morada, un grupo vinculado a la UCR. Pero el mes pasado, un frente de partidos de centro y de estudiantes independientes le arrebató la presidencia.

Según Fraga, la clase política argentina tuvo tres episodios históricos de recambio. El primero, en el siglo XIX, y el segundo, en 1916, cuando la UCR, el partido de la clase media ascendente, conquistó el poder.

La tercera fecha histórica fue 1946, cuando surgió el justicialismo, el movimiento liderado por Juan Perón, que sería tres veces presidente.

El problema es que, a diferencia de las condiciones de entonces, hoy nadie sabe con certeza quién cosecharía los resultados de un cambio de ese tenor.

Sin acuerdo sobre origen del terrorismo

Por Jim Lobe

Washington, DC, 4 ene (IPS)— Dos sectores de la opinión pública y el gobierno de Estados Unidos manifiestan profundas diferencias sobre las causas de los atentados del 11 de septiembre y los remedios contra el terrorismo antiestadounidense.

Esas diferencias remiten al debate que encendió la pregunta “¿por qué nos odian?” que muchos estadounidenses se formularon tras los ataques a las torres gemelas de Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington.

La polémica acallada cuando el gobierno lanzó su campaña militar contra Afganistán, el 7 de octubre, retorna a la escena ahora que la guerra se diluye y los objetivos de Washington —la red terrorista Al Qaeda y su líder, Osama bin Laden, acusados de los atentados— se vuelven más elusivos.

En su forma más simple, se trata de la última batalla de las llamadas “guerras culturales” que estallaron entre conservadores y liberales a fines de los años 60 y se reavivaron durante el juicio político al ex presidente Bill Clinton (1993-2001).

Un sector liberal de la opinión pública, conocido como “los trabajadores sociales,” sostiene que la arrogancia, insensibilidad y egoísmo de Washington hacia las víctimas de la pobreza y la opresión ayudó a crear condiciones en las que arraigó y floreció el terrorismo antiestadounidense.

Por tanto, arguyen, la acción militar debe ser seguida por políticas y programas —asistencia, incorporación a organismos multilares y mayor presión sobre regímenes opresivos— que den respuesta a las necesidades y esperanzas de los pueblos donde son reclutados los terroristas.

“Sin excusar de ningún modo los indefendibles actos terroristas, aún debemos dar respuesta a aquellas condiciones de pobreza e injusticia que son explotadas por los terroristas,” afirma un documento redactado por los obispos de la Iglesia Católica.

Del lado opuesto se encuentran los llamados “cowboys” (vaqueros), por sus posturas duras y unilateralistas.

“La idea de que personas acaudaladas como (Osama) bin Laden son empujadas al terrorismo por la pobreza es una broma,” dijo el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, uno de los funcionarios más derechistas del gobierno.

Las concepciones de los liberales, afines a las de Clinton, son en su mayoría contraproducentes, afirman los sectores duros.

El fracaso del ex mandatario para combatir el extremismo islámico, y sus esfuerzos por ayudar a los pobres y oprimidos — tal como la “permisividad practicada por los padres de la generación de los años 60”— terminaron alentando y recompensando al terrorismo, arguyen los conservadores.

La solución es precisamente la contraria: una guerra dura e implacable contra el terrorismo, que debe trasladarse ahora al corazón de Medio Oriente, pues el poder militar desplegado en Afganistán hizo evidente las terribles consecuencias de agredir a Estados Unidos.

“¿Qué diálogo en la región? Poder militar,” sostuvo este viernes el columnista del diario The Washington Post, Charles Krauthammer, en referencia a los intentos de alcanzar un cese del fuego en el conflicto de Medio Oriente.

“La verdad elemental que los expertos eluden una y otra vez es que el poder es nuestra respuesta,” escribió Krauthammer en diciembre.

“La victoria cambia todo, y la psicología en primer lugar. La psicología en la región es ahora de temor y profundo respeto al poder estadounidense. Es el momento de usarlo para enfrentar, derrotar o destruir a otros regímenes que alojan al terrorismo islámico,” agregó.

Aunque extrema, la opinión de Krauthammer está muy próxima a la de los derechistas nucleados en torno al secretario (ministro) de Defensa, Donald Rumsfeld, incluyendo al subsecretario Wolfowitz, cuya influencia es creciente en el gobierno de Bush.

Este fenómeno preocupa a los sectores liberales, que evitan criticar la conducción militar de Rumsfeld, pero insisten en que Washington no puede ganar la “guerra contra el terrorismo” sólo con amenazas y acciones militares.

El comandante militar de Gran Bretaña, principal aliado de Estados Unidos, Sir Michael Boyce, sostuvo el mismo argumento en un discurso pronunciado en Londres hace tres semanas.

Una “resuelta voluntad” de ganar destruyendo a Al Qaeda con una campaña de “alta tecnología” al estilo del “salvaje oeste” no es suficiente para ganar “los corazones y las mentes” en el mundo árabe, de donde proceden los terroristas, sostuvo Boyce.

La participación británica en la polémica animó a los liberales, que ven al secretario de Estado (canciller) Colin Powell como su único representante dentro del gobierno.

El sector liberal respalda los esfuerzos del gobernador del banco central británico, Gordon Brown, para poner en marcha una estrategia de desarrollo similar al Plan Marshall que Estados Unidos aplicó en la reconstrucción de Europa luego de la segunda guerra mundial, como freno a la expansión comunista.

 

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