
La globalización ideológica en
contra de la inmigración
Por Carlos Armenta
El eurodiputado francés Sami Nair expone y analiza,
en un artículo publicado en el diario español
El País, lo que el llama los cinco mitos sobre
la inmigración en España.
El presente artículo (último de una serie de
cinco) analizará el quinto mito dentro del contexto de
la inmigración en los Estados Unidos.
Quinto mito sobre la inmigración: La inmigración
amenaza con alterar la identidad de los Estados
Unidos.
Primero que nada, nunca ha existido, ni existirá, una
identidad nacional totalmente cerrada. La identidad nacional
de los EEUU se ha visto transformada, desde el principio de
la formación de la nación estadounidense, por
la aportación cultural de millones de inmigrantes de
diversos orígenes nacionales. La sociedad estadounidense
siempre se ha jactado de ser un melting pot, es
decir, un crisol en el que se funden diversos elementos culturales
que le dan a la nación un carácter multicultural.
Aunque dicha teoría del melting pot haya
sido despojada de legitimidad por innumerables y cuidadosos
análisis académicos, muchos de los cuales han
optada por el modelo del frying pan (sartén
para freír), en el cual los que se encuentran al fondo
del orden social (o sea, la sartén) se queman, mientras
los que se encuentran arriba se cocinan perfectamente, es indudable
que la identidad estadounidense le debe su formación
a la aportación de los inmigrantes.
Además de los beneficios económicos que aportan
los inmigrantes a la nación estadounidense, los cuales
ya han sido analizados en los cuatro anteriores capítulos
de esta serie, dichos inmigrantes han dotado a los EEUU, y lo
siguen haciendo, de un interminable número de aportaciones
culturales. Basta citar el ejemplo de California, estado que,
desde su incorporación a la unión americana, ha
gozado de una riqueza y diversidad cultural gracias a la influencia
de sus residentes de diversos orígenes nacionales, étnicos
y culturales.
¿Quién puede argumentar, por ejemplo, que la
inmigración proveniente de México o América
Central amenaza con alterar la identidad californiana,
cuando al recorrer dicho estado de sur a norte uno se encuentra
con poblaciones que llevan los nombres de San Diego, Los Angeles,
Sacramento, Monterey, Santa Cruz, San Francisco, Los Baños,
etc.? ¿Cómo se puede entender tal argumento si
en cada pueblo o ciudad existan establecimientos que ofrecen,
por ejemplo, platillos deliciosos de origen mexicano como los
tacos, burritos, enchiladas, tostadas, tamales; o salvadoreños,
como las pupusas? ¿Cuál sería la suerte
de la agricultura californiana y de su sector de servicios,
solo por citar algunos ejemplos, si el campo y las cocinas de
California se vieran privadas del trabajo y los conocimientos
culturales de los inmigrantes (legales e indocumentados por
igual) que laboran en ellos?
Cada cocina, sin importar que tipo de comida se prepara en
ellas, cada campo agrícola o cada hotel en donde se contrate
a personal de limpieza es un lugar en donde ya se habla el español,
el chino, el tagalo, así como una infinidad de lenguas
indígenas de Centro y Sudamérica.
Inclusive los hijos de muchos de las familias más privilegiadas,
no solo de California, sino de toda la nación, se encuentran
bajo el cuidado de nanas y personal de servicio doméstico
indocumentados que provienen de lugares de habla hispana o de
lenguas indígenas. California es un estado en el que
la mayoría de sus habitantes son originarios o descendientes
directos de personas de otros países, los cuales le han
dado y le siguen dando a California una riqueza cultural y una
identidad por demás original.
La historia nos ha demostrado, una y otra vez, que las sociedades
más saludables son aquellas que disfrutan de flexibilidad,
diversidad y movilidad. No hay que olvidar las horrendas consecuencias
que han acarreado, como en el caso de la Alemania Nazi o Sudáfrica
bajo el Apartheid, el querer conservar la pureza
de una raza o de una sociedad. Llámesele como se le quiera
llamar: alteración, transformación o evolución,
la existencia de dicho proceso en el que una identidad cambia
y se transforma no representa una amenaza, sino un signo de
salud social.
Para finalizar esta serie, se deben tomar en cuenta las observaciones
hachas por el eurodiputado Nair, el cual subraya que los cinco
mitos sobre la inmigración analizados en esta serie alimentan
un círculo perverso, ya que se justifica la marginalización
de la víctima propiciatoria mediante la creación
continua del chivo expiatorio. Es grave, porque rebajar demagógicamente
el debate sobre el control de flujos migratorios conduce siempre
a un debilitamiento de la democracia.
Source: The Alarm
Delitos antimusulmanes aumentan 1.700 por ciento
Por Jim Lobe
Washington, DC, 14 de noviembre (IPS) Los delitos motivados
por el odio a árabes y musulmanes en Estados Unidos aumentaron
1.700 por ciento luego de los atentados de septiembre de 2001
contra Nueva York y Washington, informó este jueves la
organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW).
El fenómeno se ha agravado a pesar de los llamados del
presidente George W. Bush y de otros funcionarios del gobierno
a respetar los derechos de las minorías poco después
de los atentados del 11 de septiembre de 2001, atribuidos por
Washington a radicales islámicos.
Entre las agresiones registradas por HRW figuran entre tres
y siete asesinatos, al menos 49 otros ataques violentos y docenas
de actos de vandalismo y otros tipos de daños contra
propiedades, en especial contra mezquitas, la mayoría
durante la semana que siguió a los atentados de septiembre
de 2001.
HRW indicó en su informe de 41 páginas, titulado
No somos el enemigo, que muchos departamentos de
policías realizaron serios esfuerzos para contener la
violencia contra supuestos musulmanes y contra mezquitas.
Sin embargo, HRW exhortó a los organismos de seguridad
a adoptar políticas preventivas, entre ellas forjar vínculos
más estrechos con las comuniddes musulmanas y sijs, para
impedir actos de violencia ante la eventualidad de futuros atentados
como los del año pasado.
Los funcionarios del gobierno no se sentaron sobre sus
manos cuando musulmanes y árabes fueron atacados luego
del 11 de septiembre. Pero las agencias del gobierno deberían
haber estado mejor preparadas para este tipo de atrocidades,
dijo el autor del informe Amardeep Singh, investigador de HRW.
El estudio indica que la mayoría de los actos de violencia
contra supuestos árabes y musulmanes ocurrieron antes
de diciembre de 2001, pero que la incitación al odio
hacia los musulmanes continuó, en especial por parte
de organizaciones fundamentalistas cristianas.
Entre los dirigentes religiosos responsabilizados por HRW de
incitar al odio religioso figuran el líder de la conservadora
Coalición Cristiana, Pat Robertson, y el hijo del famoso
evangelista Billy Graham, Franklin Graham.
La agresión contra árabes y musulmanes alcanzó
grandes magnitudes luego de los ataques de septiembre de 2001,
en que murieron 3.000 personas al estrellarse tres aviones comerciales
en las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York,
y el Pentágono, sede en Washington del Departamento (ministerio)
de Defensa.
El Buró Federal de Investigaciones (FBI) calculó
que los delitos motivados por el odio contra los musulmanes
se multiplicaron por 17, de 28 en 2000 a 481 en 2001, la mayoría
luego de los atentados.
Además, organizaciones árabes y musulmanas de
todo Estados Unidos recibieron más de 2.000 informes
sobre actos de hostigamiento, violencia y otras agresiones en
relación con los ataques contra las Torres Gemelas y
el Pentágono.
Esta reacción era totalmente predecible, según
el informe de HRW, que remonta el inicio de las agresiones contra
árabes y musulmanes en Estados Unidos a 1973, cuando
se registró la guerra de Iom Kippur entre Israel y el
mundo árabe.
Seis años más tarde, la toma de rehenes en la
embajada estadounidenses en Irán, país en que
acababa de triunfar la Revolución Islámica, y
la escandalosa operación en que agentes de Washington
ofrecieron sobornos a políticos haciéndose pasar
por millonarios árabes añadieron fuego al odio
religioso.
La crisis del Golfo, desatada por la invasión de Kuwait
por Iraq en agosto de 1990, y la consecuente guerra de una coalición
internacional liderada por Estados Unidos contra el régimen
de Saddam Hussein inflamaron la primera gran ola de crímenes
motivados por el odio contra los árabes.
El Comité Estadounidense contra la Discriminación
Antiárabe registró apenas cuatro delitos contra
árabes en Estados Unidos entre enero y agosto de 1990,
pero 40 entre agosto y el inicio de la guerra del Golfo, el
15 de enero de 1991, y 44 durante la primera semana de la conflagración.
El atentado cometido contra la representación del gobierno
federal en Oklahoma en 1995, primero atribuido a radicales islámicos
pero por el que se condenó luego a muerte a Timothy McVeigh,
un veterano estadounidense de la guerra del Golfo, también
originó numerosos incidentes de agresión antiárabe.
Cuando ocurrieron los atentados de septiembre de 2001, musulmanes
de toda procedencia, árabes y sijs con frecuencia
confundidos con musulmanes chiítas por su atuendo,
esperaban que se reprodujera el fenómeno.
Pero, a diferencia de las olas de violencia anteriores, las
agresiones posteriores a los atentados contra Nueva York y Washington
se caracterizaron por su ferocidad y alcance, advierte
el informe de HRW. La dimensión real del fenómeno
quizás nunca se sepa, en parte debido al carácter
voluntario de los informes presentados por las víctimas,
así como por fallas de las agencias de seguridad estadounidenses,
según el estudio.
El alcance de los esfuerzos del gobierno para proteger a árabes,
musulmanes y sijs variaron de estado a estado, según
HRW. En muchos casos, las autoridades respondieron con rapidez
y vigor ante las agresiones.
El estudio destaca las exhortaciones de Bush y del fiscal general
John Ashcroft, expresadas apenas un día después
de los atentados, contra las represalias antiislámicas
y en apoyo a los derechos de los árabes, musulmanes y
sijs. El Senado y la Cámara de Representantes condenaron
las agresiones cuatro días después.
Pero el informe de HRW destaca también que las autoridades
tomaron medidas que pusieron una sombra de sospecha sobre
todos los árabes y musulmanes, incluida la detención
de unas 1.200 personas sospechosas de vínculos con grupos
radicales. La inmensa mayoría eran árabes, musulmanes
u originarios de Asia meridional.
El FBI también pidió autorización para
interrogar a más de 8.000 hombres de origen árabe
y musulmán. Por otra parte, el gobierno decidió
registrar las huellas digitales de los visitantes a Estados
Unidos procedentes de ciertos países de Medio Oriente.
Muchos estadounidenses probablemente se pregunten: Si
el gobierno no confía en estas personas, ¿por
qué lo haría yo?, sostuvo un activista
árabe-estadounidense entrevistado por los autores del
estudio de HRW.
Los mejores resultados de la acción policial contra
las agresiones se registraron en la septentrional ciudad de
Dearborn, en el estado de Michigan, gracias a los estrechos
vínculos entre la policía y una gran comunidad
árabe de 30.000 personas.
Allí, la policía se desplegó de inmediato
luego de los atentados en las áreas donde había
más posibilidad de agresiones motivadas por el odio antiárabe.
Como consecuencia, se registraron solo dos incidentes.
La policía de la nororiental ciudad de Nueva York y
las sudoccidentales de Los Angeles y Phoenix carecían
de relaciones tan estrechas con la comunidad árabe, pero
se desplegaron de inmediato en las áreas residenciales
y templos islámicos y sijs, según el informe.
La posibilidad de violencia antiárabe y antiislámica
persiste, según el estudio de HRW, en particular por
la constante prédica contra los musulmanes de líderes
religiosos de la denominada Derecha Cristiana y de dirigentes
políticos asociados con ese sector.
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