No. 201, Nov. 21-27, 2002

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La globalización ideológica en contra de la inmigración

Por Carlos Armenta

El eurodiputado francés Sami Nair expone y analiza, en un artículo publicado en el diario español El País, lo que el llama “los cinco mitos sobre la inmigración en España.”

El presente artículo (último de una serie de cinco) analizará el quinto mito dentro del contexto de la inmigración en los Estados Unidos.

Quinto mito sobre la inmigración: “La inmigración ‘amenaza’ con alterar la identidad de los Estados Unidos”.

Primero que nada, nunca ha existido, ni existirá, una identidad nacional totalmente cerrada. La identidad nacional de los EEUU se ha visto transformada, desde el principio de la formación de la nación estadounidense, por la aportación cultural de millones de inmigrantes de diversos orígenes nacionales. La sociedad estadounidense siempre se ha jactado de ser un “melting pot,” es decir, un crisol en el que se funden diversos elementos culturales que le dan a la nación un carácter multicultural.

Aunque dicha teoría del “melting pot” haya sido despojada de legitimidad por innumerables y cuidadosos análisis académicos, muchos de los cuales han optada por el modelo del “frying pan” (sartén para freír), en el cual los que se encuentran al fondo del orden social (o sea, la sartén) se queman, mientras los que se encuentran arriba se cocinan perfectamente, es indudable que la identidad estadounidense le debe su formación a la aportación de los inmigrantes.

Además de los beneficios económicos que aportan los inmigrantes a la nación estadounidense, los cuales ya han sido analizados en los cuatro anteriores capítulos de esta serie, dichos inmigrantes han dotado a los EEUU, y lo siguen haciendo, de un interminable número de aportaciones culturales. Basta citar el ejemplo de California, estado que, desde su incorporación a la unión americana, ha gozado de una riqueza y diversidad cultural gracias a la influencia de sus residentes de diversos orígenes nacionales, étnicos y culturales.

¿Quién puede argumentar, por ejemplo, que la inmigración proveniente de México o América Central “amenaza” con alterar la identidad californiana, cuando al recorrer dicho estado de sur a norte uno se encuentra con poblaciones que llevan los nombres de San Diego, Los Angeles, Sacramento, Monterey, Santa Cruz, San Francisco, Los Baños, etc.? ¿Cómo se puede entender tal argumento si en cada pueblo o ciudad existan establecimientos que ofrecen, por ejemplo, platillos deliciosos de origen mexicano como los tacos, burritos, enchiladas, tostadas, tamales; o salvadoreños, como las pupusas? ¿Cuál sería la suerte de la agricultura californiana y de su sector de servicios, solo por citar algunos ejemplos, si el campo y las cocinas de California se vieran privadas del trabajo y los conocimientos culturales de los inmigrantes (legales e indocumentados por igual) que laboran en ellos?

Cada cocina, sin importar que tipo de comida se prepara en ellas, cada campo agrícola o cada hotel en donde se contrate a personal de limpieza es un lugar en donde ya se habla el español, el chino, el tagalo, así como una infinidad de lenguas indígenas de Centro y Sudamérica.

Inclusive los hijos de muchos de las familias más privilegiadas, no solo de California, sino de toda la nación, se encuentran bajo el cuidado de nanas y personal de servicio doméstico indocumentados que provienen de lugares de habla hispana o de lenguas indígenas. California es un estado en el que la mayoría de sus habitantes son originarios o descendientes directos de personas de otros países, los cuales le han dado y le siguen dando a California una riqueza cultural y una identidad por demás original.

La historia nos ha demostrado, una y otra vez, que las sociedades más saludables son aquellas que disfrutan de flexibilidad, diversidad y movilidad. No hay que olvidar las horrendas consecuencias que han acarreado, como en el caso de la Alemania Nazi o Sudáfrica bajo el Apartheid, el querer conservar la “pureza” de una raza o de una sociedad. Llámesele como se le quiera llamar: alteración, transformación o evolución, la existencia de dicho proceso en el que una identidad cambia y se transforma no representa una amenaza, sino un signo de salud social.

Para finalizar esta serie, se deben tomar en cuenta las observaciones hachas por el eurodiputado Nair, el cual subraya que los cinco mitos sobre la inmigración analizados en esta serie “alimentan un círculo perverso, ya que se justifica la marginalización de la víctima propiciatoria mediante la creación continua del chivo expiatorio. Es grave, porque rebajar demagógicamente el debate sobre el control de flujos migratorios conduce siempre a un debilitamiento de la democracia.”

Source: The Alarm

Delitos antimusulmanes aumentan 1.700 por ciento

Por Jim Lobe

Washington, DC, 14 de noviembre (IPS)— Los delitos motivados por el odio a árabes y musulmanes en Estados Unidos aumentaron 1.700 por ciento luego de los atentados de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, informó este jueves la organización de derechos humanos Human Rights Watch (HRW).

El fenómeno se ha agravado a pesar de los llamados del presidente George W. Bush y de otros funcionarios del gobierno a respetar los derechos de las minorías poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, atribuidos por Washington a radicales islámicos.

Entre las agresiones registradas por HRW figuran entre tres y siete asesinatos, al menos 49 otros ataques violentos y docenas de actos de vandalismo y otros tipos de daños contra propiedades, en especial contra mezquitas, la mayoría durante la semana que siguió a los atentados de septiembre de 2001.

HRW indicó en su informe de 41 páginas, titulado “No somos el enemigo”, que muchos departamentos de policías realizaron serios esfuerzos para contener la violencia contra supuestos musulmanes y contra mezquitas.

Sin embargo, HRW exhortó a los organismos de seguridad a adoptar políticas preventivas, entre ellas forjar vínculos más estrechos con las comuniddes musulmanas y sijs, para impedir actos de violencia ante la eventualidad de futuros atentados como los del año pasado.

“Los funcionarios del gobierno no se sentaron sobre sus manos cuando musulmanes y árabes fueron atacados luego del 11 de septiembre. Pero las agencias del gobierno deberían haber estado mejor preparadas para este tipo de atrocidades”, dijo el autor del informe Amardeep Singh, investigador de HRW.

El estudio indica que la mayoría de los actos de violencia contra supuestos árabes y musulmanes ocurrieron antes de diciembre de 2001, pero que la incitación al odio hacia los musulmanes continuó, en especial por parte de organizaciones fundamentalistas cristianas.

Entre los dirigentes religiosos responsabilizados por HRW de incitar al odio religioso figuran el líder de la conservadora Coalición Cristiana, Pat Robertson, y el hijo del famoso evangelista Billy Graham, Franklin Graham.

La agresión contra árabes y musulmanes alcanzó grandes magnitudes luego de los ataques de septiembre de 2001, en que murieron 3.000 personas al estrellarse tres aviones comerciales en las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y el Pentágono, sede en Washington del Departamento (ministerio) de Defensa.

El Buró Federal de Investigaciones (FBI) calculó que los delitos motivados por el odio contra los musulmanes se multiplicaron por 17, de 28 en 2000 a 481 en 2001, la mayoría luego de los atentados.

Además, organizaciones árabes y musulmanas de todo Estados Unidos recibieron más de 2.000 informes sobre actos de hostigamiento, violencia y otras agresiones en relación con los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Esta reacción era totalmente predecible, según el informe de HRW, que remonta el inicio de las agresiones contra árabes y musulmanes en Estados Unidos a 1973, cuando se registró la guerra de Iom Kippur entre Israel y el mundo árabe.

Seis años más tarde, la toma de rehenes en la embajada estadounidenses en Irán, país en que acababa de triunfar la Revolución Islámica, y la escandalosa operación en que agentes de Washington ofrecieron sobornos a políticos haciéndose pasar por millonarios árabes añadieron fuego al odio religioso.

La crisis del Golfo, desatada por la invasión de Kuwait por Iraq en agosto de 1990, y la consecuente guerra de una coalición internacional liderada por Estados Unidos contra el régimen de Saddam Hussein inflamaron la primera gran ola de crímenes motivados por el odio contra los árabes.

El Comité Estadounidense contra la Discriminación Antiárabe registró apenas cuatro delitos contra árabes en Estados Unidos entre enero y agosto de 1990, pero 40 entre agosto y el inicio de la guerra del Golfo, el 15 de enero de 1991, y 44 durante la primera semana de la conflagración.

El atentado cometido contra la representación del gobierno federal en Oklahoma en 1995, primero atribuido a radicales islámicos pero por el que se condenó luego a muerte a Timothy McVeigh, un veterano estadounidense de la guerra del Golfo, también originó numerosos incidentes de agresión antiárabe.

Cuando ocurrieron los atentados de septiembre de 2001, musulmanes de toda procedencia, árabes y sijs —con frecuencia confundidos con musulmanes chiítas por su atuendo—, esperaban que se reprodujera el fenómeno.

Pero, a diferencia de las olas de violencia anteriores, las agresiones posteriores a los atentados contra Nueva York y Washington se caracterizaron “por su ferocidad y alcance”, advierte el informe de HRW. “La dimensión real del fenómeno quizás nunca se sepa”, en parte debido al carácter voluntario de los informes presentados por las víctimas, así como por fallas de las agencias de seguridad estadounidenses, según el estudio.

El alcance de los esfuerzos del gobierno para proteger a árabes, musulmanes y sijs variaron de estado a estado, según HRW. En muchos casos, las autoridades respondieron con rapidez y vigor ante las agresiones.

El estudio destaca las exhortaciones de Bush y del fiscal general John Ashcroft, expresadas apenas un día después de los atentados, contra las represalias antiislámicas y en apoyo a los derechos de los árabes, musulmanes y sijs. El Senado y la Cámara de Representantes condenaron las agresiones cuatro días después.

Pero el informe de HRW destaca también que las autoridades tomaron medidas que “pusieron una sombra de sospecha sobre todos los árabes y musulmanes”, incluida la detención de unas 1.200 personas sospechosas de vínculos con grupos radicales. La inmensa mayoría eran árabes, musulmanes u originarios de Asia meridional.

El FBI también pidió autorización para interrogar a más de 8.000 hombres de origen árabe y musulmán. Por otra parte, el gobierno decidió registrar las huellas digitales de los visitantes a Estados Unidos procedentes de ciertos países de Medio Oriente.

“Muchos estadounidenses probablemente se pregunten: ‘Si el gobierno no confía en estas personas, ¿por qué lo haría yo?’”, sostuvo un activista árabe-estadounidense entrevistado por los autores del estudio de HRW.

Los mejores resultados de la acción policial contra las agresiones se registraron en la septentrional ciudad de Dearborn, en el estado de Michigan, gracias a los estrechos vínculos entre la policía y una gran comunidad árabe de 30.000 personas.

Allí, la policía se desplegó de inmediato luego de los atentados en las áreas donde había más posibilidad de agresiones motivadas por el odio antiárabe. Como consecuencia, se registraron solo dos incidentes.

La policía de la nororiental ciudad de Nueva York y las sudoccidentales de Los Angeles y Phoenix carecían de relaciones tan estrechas con la comunidad árabe, pero se desplegaron de inmediato en las áreas residenciales y templos islámicos y sijs, según el informe.

La posibilidad de violencia antiárabe y antiislámica persiste, según el estudio de HRW, en particular por la constante prédica contra los musulmanes de líderes religiosos de la denominada Derecha Cristiana y de dirigentes políticos asociados con ese sector.

 

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