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No. 221, Apr. 10-16, 2003

Contaminación deja a 500.000 personas sin agua en Brasil
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Woolsey, aspirante a virrey

Por Jim Lobe

Washington, DC, 5 de abril (IPS)— El ex jefe de la CIA R. James Woolsey aspira a hacerse cargo de administrar Iraq al cabo de la guerra. Su posible designación dice mucho sobre la intención del gobierno de Estados Unidos de cambiar el rumbo de Medio Oriente.

Woolsey es la principal carta del ala más derechista de la administración de George W. Bush, en especial del denominado sector neoconservador del gobernante Partido Republicano.

Entre sus contactos en el Poder Ejecutivo estadounidense figura el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, y también cultiva una estrecha relación con el influyente ex jefe de asesores políticos del Pentágono, Richard Perle.

Woolsey promueve hace mucho tiempo el uso del poder militar sin par de Estados Unidos para la transformación política del mundo árabe. Fue, además, uno de los grandes impulsores de la invasión a Iraq desde los atentados contra Nueva York y Washington que dejaron 3.000 muertos el 11 de septiembre de 2001.

Para el ex jefe de la CIA (Agencia Central de Inteligencia), Estados Unidos ya está inmerso en lo que él y sus compañeros neoconservadores denominan “la cuarta guerra mundial”.

Los beligerantes en esta versión armada del “choque de civilizaciones”, formulado en la teoría por el historiador Samuel Huntington, son Estados Unidos y Gran Bretaña, por un lado, y, por el otro, extremistas islámicos como los de la red Al Qaeda, teócratas de Irán y los gobiernos “fascistas” de Iraq y Siria.

Estos tres sectores enemigos de Occidente, en realidad, tienen poco en común. La mayoría de la red Al Qaeda, a la que se atribuyen los atentados de 2001, practican el Islam sunita. El régimen iraní es chiíta. Y el partido Baath, con alas hoy enfrentadas que gobiernan en Iraq y en Siria, es secular.

Woolsey cree que otros gobiernos autoritarios del mundo árabe, como los del presidente Hosni Mubarak en Egipto y la familia Saud en Arabia Saudita, han asumido un “pacto fáustico” con la secta islámica wahabita, el cual ha permitido que se perpetren la mayoría de los atentados vinculados con el Islam en el mundo.

“Queremos que ustedes se pongan nerviosos”, dijo Woolsey, como si se dirigiera a Mubarak y a los Saud, pero no en persona sino ante un auditorio de estudiantes de la Universidad de California en Los Angeles el jueves.

“Queremos que se den cuenta ahora, por cuarta vez en un siglo, que este país y sus aliados están en marcha, y que estamos del lado de aquellos a quienes ustedes más temen: estamos del lado de vuestro propio pueblo”, afirmó.

En una conferencia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebrada en noviembre en Praga, Woolsey declaró: “Iraq puede ser considerada la primera batalla de la cuarta guerra mundial.” El dirigente emplea tal retórica desde el 11 de septiembre de 2001.

“Luego de dos guerras mundiales ‘calientes’ y una fría, todas ellas con epicentro en Europa, la cuarta guerra mundial será para Medio Oriente”, afirmó.

Abogado de alto vuelo al servicio de grandes compañías, Woolsey, como otros neoconservadores, fue en los años 60 un liberal del hoy opositor Partido Demócrato que acompañó las manifestaciones por los derechos civiles de la minoría negra.

Participó, incluso, en la campaña electoral de 1968 a favor de la candidatura del candidato demócrata que se oponía a la guerra de Vietnam, Eugene McCarthy.

Pero un detalle que lo aleja, en cierta medida, de sus correligionarios neoconservadores es que tuvo un breve pasaje por las fuerzas armadas. Fue en la marina de guerra.

Luego, se convirtió en funcionario del gobierno de la mano de las entonces flamantes estrellas del movimiento neoconservador, como Perle y Wolfowitz, en carácter de participante en las negociaciones internacionales para el control de armas.

Fue subsecretario de la Marina de Guerra en el gobierno de Jimmy Carter (1977-1981), y en la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) volvió a colaborar en la negociación multilateral sobre armamento, tarea en que también se desempeñó en el periodo del padre del actual mandatario, George Bush (1989-1993).

Descontento con el realismo político del primer Bush, en especial con su decisión de no prolongar la primera guerra del Golfo (1991) hasta derrocar al presidente iraquí Saddam Hussein, apoyó en 1992 la candidatura del demócrata Bill Clinton, quien estuvo al frente del gobierno entre 1993 y 2001.

Sus amigos neoconservadores se entusiasmaron cuando Clinton designó a Woolsey director de la CIA, pero renunció en 1995. Nunca pudo establecer una relación estrecha con el presidente: se reunieron solo en dos ocasiones. “Clinton lo consideraba un fanfarrón”, dijo un ex alto funcionario del gobierno.

En el llano, Woolsey alimentó sus obsesiones contra Saddam Hussein.

En enero de 1998 firmó una carta dirigida a Clinton junto con otras personalidades del entonces flamante Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC), en que reclamaba acciones para un “cambio de régimen” en Iraq como principal objetivo de la política exterior de Washington.

El mismo año, ejerció fuerte presión al Congreso legislativo por la aprobación de la Ley de Liberación de Iraq, que significó la formalización del “cambio de régimen” como política oficial estadounidense.

No menos importante, la ley asignaba 100 millones de dólares al opositor Congreso Nacional Iraquí (CNI) del dirigente Ahmed Chalabi.

Los neoconservadores pisaron fuerte el acelerador luego de los atentados de 2001. Pocos días después, Perle convocó a la junta de asesores del Pentágono con el fin de pergeñar argumentos para atacar Iraq, y Woolsey obtuvo el encargo de buscar en Europa evidencia sobre vínculos entre Saddam Hussein y Al Qaeda.

Tras muchas semanas de investigación, el ex jefe del espionaje estadounidense volvió al país con la versión según la cual el jefe de los secuestradores de aviones que cometieron los ataques contra Nueva York y Washington se había reunido con un agente iraquí en Praga en abril de 2001.

La historia, atribuida a un informante anónimo de los organismos de seguridad de República Checa, fue calificada de inverosímil por agencias de inteligencia de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Israel.

Pero eso no impidió que la versión se convirtiera en la base de una campaña de propaganda a favor de la guerra en Iraq, y fue repetida como verdad comprobada por Woolsey y otros neoconservadores en los diarios y en la televisión estadounidense cuando aún no había terminado la operación militar en Afganistán.

Woolsey llegó a sugerir que Saddam Hussein estuvo detrás del primer atentado a las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York, en 1993, por el cual ya había incluso procesados en Estados Unidos, y de los envíos por correo de esporas de ántrax (carbunco) en 2001.

El abogado llegó, incluso, a atribuir el fracaso de las agencias de espionaje en la tarea de confirmar la conexión entre Saddam Hussein y Al Qaeda a su falta de imaginación.

La campaña dio frutos. A fines del año pasado, más de la mitad de los entrevistados para una encuesta nacional dijeron creer que el presidente iraquí estaba, de algún modo, vinculado con los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Woolsey fue, también, uno de los que pronosticó que la población iraquí daría la bienvenida a los soldados invasores estadounidenses y que, si Washington lanzaba la guerra, sus aliados en Europa, a la postre, lo apoyarían.

“Necesitamos a Turquía, pero realmente no necesitamos a los europeos. De todos modos, ellos serán los primeros en formar fila para subirse a nuestras espaldas luego de nuestro éxito, y nos dirán entonces que siempre estuvieron de nuestro lado”, dijo en diciembre de 2001 al diario The Washington Post.

Como otros neoconservadores, Woolsey también muestra cierta ambivalencia al referirse a la revolución democrática que pretende para el mundo árabe.

“Sólo el temor restablecerá el respeto por Estados Unidos”, dijo a The Washington Post cuando se le preguntó si las campañas agresivas en el mundo árabe no redundarían en respaldo de los radicales islámicos, en especial de Al Qaeda.

Y cuando se le consultó si mantendría su entusiasmo por la democracia en Medio Oriente si los partidos islámicos hostiles a Estados Unidos ganaran mañana las elecciones, dijo: ““ueno, quizás entonces las elecciones deban hacerse pasado mañana.”

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Contaminación deja a 500.000 personas sin agua en Brasil

Por Mario Osava

Rio de Janeiro, Brasil, 2 de abril (IPS)— “Estamos peor que en Iraq”, afirmó Joacy Ferreira Gonçalves, presidente de la brasileña Colonia de Pescadores V-21, para destacar el efecto de un desastre que dejó sin seres vivos ni agua potable a gran parte de dos ríos del sudeste del país.

El drama empezó el sábado, cuando se rompió el estanque de decantación de la Industria Cataguazes de Papel, en el municipio de Sao Fidelis, en el estado de Minas Gerais, y por lo menos 20 millones de litros de desechos químicos, entre ellos azufre, cloro activo y sulfato de sodio, se derramaron en el río Pomba.

Esos venenos desembocaron en el río Paraíba del Sur, uno de los más importantes del país, y quedaron sin agua potable medio millón de habitantes de la región centroriental de Minas Gerais y del norte del estado de Río de Janeiro.

La mortandad de peces en el agua enegrecida, con pésimo olor y cubierta de espuma, es la señal más evidente de la catástrofe.

Sao Fidelis, una de casi 50 ciudades afectadas, era llamada la “tierra de la langosta, y ahora es la tierra de la destrucción”, lamentó Gonçalves, líder de los 600 pescadores de la Colonia V-21 (por el nombre del barrio en que viven), que ahora discuten cómo sobrevivir mientras no haya vida en el tramo local del Paraíba.

Biólogos y técnicos ambientales prevén que la descontaminación de los ríos puede llevar 10 años, ya que las sustancias tóxicas impregnaron el lecho del río y se descomponen muy lentamente. La salud de tres millones de personas está amenazada, según ambientalistas del Movimiento Grito de las Aguas.

Los pescadores de Sao Fidelis “repoblaban” el río con langostas y peces desde 1995 y “todo eso está perdido”, se quejó indignado Gonçalves. Antes cada uno podía pescar hasta cuatro kilogramos de langosta por día, señaló.

Los pescadores del barrio V-21 aún disponen de agua para beber, cocinar y “bañarse como gatos” una semana, almacenada apenas recibieron la noticia del accidente y antes de que la contaminación llegara a Sao Fidelis, dijo el dirigente.

Pero otros municipios, río arriba, no pudieron prevenirse.

Santo Antonio de Padua, por ejemplo, está “sin agua hace cuatro días”, y sus 35.000 habitantes “viven el caos”, dijo por teléfono a IPS el alcalde de esa localidad, Luiz Fernando Padilha.

El agua indispensable para que la población no muera del sed es suministrada mediante camiones, y las calles están ocupadas por “mujeres y niños cargando sus cubos, en un triste espectáculo”, lamentó. El baño sólo es posible en poblados vecinos, donde hay pozos artesianos.

Unos 300 pescadores de Santo Antonio de Padua perdieron su fuente de ingreso por muchos años, y fueron destruidos proyectos de piscicultura desarrollados en los 12 últimos años, informó Padilha.

“Mas tarde pensaré qué hacer por esas personas. Por ahora hay que buscar un mínimo de agua para la sobrevivencia de todos”, ya que la del río Pomba, que abastecía la ciudad, estará envenenada por muchos días más, sostuvo.

Se ha puesto en marcha la captación de agua en pequeños riachuelos cercanos y no contaminados, pero eso sólo puede cubrir 20 por ciento del abastecimiento normal, explicó el alcalde.

Además, el cierre de las escuelas de Santo Antonio dejó sin clases a 15.000 estudiantes, y se han suspendido muchas actividades económicas. La Compañía Paduana de Papeles, que tiene 450 empleados, paralizó su producción al igual que 30 empresas de minería de piedras, que suman más de 1.000 trabajadores.

El temor de Padilha y otros alcaldes es que también deba detenerse la agricultura ribereña. Campos, la mayor ciudad de la región, con 400.000 habitantes y cerca de la desembocadura del Paraíba del Sur en el Atlántico, mantuvo sus canales de irrigación cerrados el martes, y el suministro de agua a la población interrumpido este miércoles.

Las autoridades ambientales suspendieron la actividad de la Industria Cataguazes y le aplicaron una multa de unos 15 millones de dólares.

La empresa es reincidente. Hace 16 años hubo protestas de varios municipios porque echaba sus residuos directamente al río. Entonces construyó el estanque para desechos que se rompió el sábado, destacó Padilha.

La industria de papel y celulosa, así como la petrolera, provocaron varios desastres ambientales en ríos y aguas marítimas de Brasil en los últimos años. “Falta fiscalización del gobierno y vergüenza de los empresarios que sólo quieren ganar dinero”, acusó el alcalde de Santo Antonio de Padua.

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