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Estados Unidos: Pobres republicanos
Análisis de Jim Lobe
Washington, DC, 4 de octubre (IPS) Uno debería sentir lástima
por los dirigentes del gobernante Partido Republicano de Estados Unidos.
Aunque controlan las dos cámaras del Congreso legislativo y la
Casa Blanca, en este momento deben sentirse en medio de una pesadilla.
Están obligados a defender uno de los más grandes déficits
fiscales de la historia de Estados Unidos, pues el presidente George W.
Bush exige cada vez más financiamiento para las operaciones militares
en Afganistán y en Iraq.
Están obligados a defender una ocupación en la que 130.000
soldados se dedican a dirigir el tráfico, repartir pelotas de fútbol
a niños y mediar en disputas tribales en aldeas aisladas, mientras
son atacados a diario por la resistencia iraquí.
Están obligados defender a un presidente que prometió en
su campaña llevar adelante una política exterior humilde,
y ahora tienen que sostener un imperio cuyo gobernante hace estragos con
su amado ejército.
Y ahora están obligados por su líder a fingir que la filtración
a la prensa del nombre de una agente encubierta por parte de dos
altos funcionarios de la Casa Blanca no es un asunto serio, luego
de haber cuestionado por años al opositor Partido Demócrata
por sus críticas a la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
La agente en cuestión es Valerie Plame. El Departamento de Justicia
investiga ahora si la filtración de su nombre fue una represalia
contra su marido, el ex embajador Joseph Wilson, quien acusó públicamente
al gobierno de Bush de haber exagerado la amenaza que representaba Iraq.
Al principio, los republicanos reaccionaron manifestando su indignación
contra los traidores que revelaron la identidad de la agente, y pidieron
castigos más severos que los años 10 de cárcel previstos
para ese delito en una ley de 1982 para proteger a los agentes encubiertos.
Pero luego bajaron el tono.
El problema es que los informantes, a los que Bush acusó de ser
los más insidiosos de los traidores, son muy cercanos
al partido, según Robert Novak, el periodista de The Washington
Post que nombró a Plame por primera vez en julio. Los traidores
serían algunos de los más fieles republicanos.
La mayor parte de las sospechas caen sobre Karl Rove, un alto asesor político
de Bush, y Lewis Scooter Libby, el consejero de seguridad
nacional del vicepresidente Dick Cheney.
Hay mucho en juego, y los republicanos lo saben. Bush ordenó a
los legisladores oficialistas que controlen su indignación y que
se sumen a una campaña para defenderse de Plame y de su esposo,
según indicó un portavoz del Congreso al periódico
The New York Times.
Wilson, enviado por la CIA a Níger en 2002 para investigar rumores
de que Iraq había adquirido grandes cantidades de uranio, publicó
un artículo en The New York Times a comienzos de julio en que afirmó
que la Casa Blanca ya sabía que esos rumores eran falsos cuando
Bush los citó como pruebas de los supuestos planes de Saddam Hussein
de construir armas de destrucción masiva.
Es bien sabido en Estados Unidos que tanto Cheney como Libby, dos de los
principales impulsores de la invasión a Iraq, hicieron especial
énfasis en esos rumores.
A la semana siguiente de la publicación del artículo, Novak
y otros periodistas recibieron varios pedidos para que revelaran la identidad
de Plame y su relación con Wilson.
La semana pasada, la CIA pidió formalmente al Departamento de Justicia
que lanzara la investigación sobre la filtración de la identidad
de la agente a la prensa.
Ahora, además de tener que defenderse de las críticas por
el número de bajas y los costos financieros de la ocupación
en Iraq, así como por el fracaso en la búsqueda de armas
de destrucción masiva y la caída en las encuestas, los republicanos
tienen la obligación de calumniar a Plame y a su esposo.
Fuentes anónimas dijeron a la prensa días atrás que
Plame es una simple analista de la CIA, pero de ninguna manera
una agente encubierta.
Pero los ataques más fuertes fueron contra Wilson, quien se había
opuesto públicamente a la guerra.
Los republicanos lo critican por no haber cumplido con su deber de terminar
el informe sobre los rumores de Níger y lo acusan de no estar capacitado
para trabajos de inteligencia, por lo cual no debe ser tomado en serio.
Pero atacarlo es una dura tarea para los republicanos. Wilson fue un diplomático
clave en Bagdad antes y después de la primera guerra del Golfo
en 1991.
Conocido por su irreverencia y a la vez elegancia, se convirtió
en un héroe de cientos de petroleros republicanos por instinto
cuyos intereses eran amenazados por Saddam Hussein. George Bush padre
lo consideró un verdadero diplomático inspirador
por su liderazgo valiente.
Por todo esto, calumniar a Joseph Wilson y a su esposa Valerie Plame es
algo muy difícil para los republicanos, que han cumplido otras
órdenes de Bush aun cuando sienten que traicionan con ellas sus
propios ideales conservadores.
Mientras, los demócratas se transforman en un partido conservador
en materia fiscal, defensor de su ejército y de la CIA, lo que
a la vez desorienta a los republicanos.
El Partido Demócrata pidió que fuera nombrado un fiscal
independiente para llegar hasta el fondo del caso Plame y castigar con
todo el peso de la ley a los que la traicionaron.
A los demócratas los apoyan miles de diplomáticos, funcionarios
de inteligencia y altos mandos del ejército que consideran el tratamiento
del caso Plame por parte de la Casa Blanca como un símbolo de la
crueldad del gobierno de Bush.
Ellos consideran a Valerie Plame como su Juana de Arco, y están
decididos a impedir que vaya a la hoguera.
Argentina: Jefes policiales honestos, se
buscan
Por Marcela Valente
Buenos Aires, Argentina, 3 de octubre (IPS) Las dos principales
fuerzas policiales de Argentina, la de la provincia de Buenos Aires y
la Federal, están acéfalas porque sus ex jefes aparecieron
involucrados en hechos de corrupción.
El pedido de renuncia al jefe de la Policía Federal, Roberto Giacomino,
se precipitó en la noche del jueves, cuando el Ministerio de Justicia
informó que, según resultados de una pesquisa, ese comisario
general otorgó a empresas de familiares suyos, sin licitación
y a precio superior al del mercado, un millonario negocio informático
con el hospital policial Churruca.
Giacomino, que recibió la noticia en Francia, fue el único
miembro de la cúpula de esa fuerza policial que permaneció
en su puesto en junio, cuando el presidente Néstor Kirchner dispuso,
poco después de asumir su cargo, el relevo de otros 11 altos oficiales,
en el marco de un intento de viraje hacia políticas con énfasis
en la prevención del delito.
El ministro de Justicia, Gustavo Béliz, sostuvo este viernes que
el gobierno se tomará siete días para suplantar
a Giacomino y prometió que va a haber más cambios
en la Federal. Béliz quiere disponer una intervención
administrativa en la fuerza y anticipó que pedirá al nuevo
jefe una declaración patrimonial antes de asumir.
La población debe darse cuenta que el gobierno no será
más cómplice de estos sinvergüenzas, enfatizó
el jefe de gabinete de Kirchner, Alberto Fernández, quien opinó
que cuando hay un corrupto hay que sacarlo enseguida, no hay que
permitirle seguir adelante.
La Policía Federal es la segunda fuerza policial en número
de integrantes, con unos 33.000, la mayoría de ellos en la capital.
La mayor es la Policía Bonaerense, que actúa en la provincia
de Buenos Aires con más de 45.000. Esa institución perdió
en agosto a su jefe, Alberto Sobrado, por un hecho de corrupción.
El gobierno de la provincia pidió a Sobrado la renuncia cuando
la revista Veintitrés divulgó que había depositado
330.000 dólares en un banco de Bahamas. El jefe policial alegó
que había recibido una herencia, pero fue acusado de evasión
fiscal y enriquecimiento ilícito.
Desde entonces, las autoridades provinciales dispusieron investigaciones
de las declaraciones juradas de patrimonio de 135 jefes policiales, a
fin de corroborar si son compatibles con las remuneraciones que reciben
del Estado. Este viernes fueron relevados dos de ellos por crecimiento
injustificado de patrimonio.
El sociólogo Gustavo Palmieri, experto en temas policiales del
Centro de Estudios Legales y Sociales, señaló a IPS que
el gobierno tiene dificultades para reemplazar a los policías
que separa por denuncias de corrupción, porque las cúpulas
de estas fuerzas son muy conflictivas.
La corrupción y las violaciones a los derechos humanos son los
principales males enquistados en las fuerzas policiales, afirmó.
Palmieri remarcó que la destitución de Giacomino no tiene
precedentes, en referencia a casos en que altos oficiales de policía
fueron denunciados por corrupción en medios de comunicación
pero mantenidos en sus puestos por las autoridades civiles, o relevados
en forma tardía y alegando otras razones.
El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, alegó
en el caso de Sobrado una necesidad de renovar la fuerza.
El Ministerio de Justicia indicó que la oficina de Asuntos Jurídicos
había advertido a Giacomino sobre irregularidades en la contratación
que tenía prevista, pero el ex jefe policial procedió de
todos modos a autorizarla.
La necesidad de renovación de las fuerzas policiales es subrayada
porque la inseguridad mantiene en vilo a la sociedad argentina. En los
últimos dos meses, el número de secuestros, pasó
de uno cada 36 horas a uno cada 24 horas, y en los últimos 16 días
hubo 17 casos.
Palmieri apuntó que los propios son parte importante del
problema de la seguridad, y que muchos de ellos están involucrados
en los delitos que persiguen. Ya son varios los policías procesados
por participar en organizaciones dedicadas al secuestro extorsivo (con
pedido de rescate), la explotación de trabajadoras sexuales o el
juego clandestino.
También hay graves denuncias por maltrato en comisarías
y en las detenciones callejeras. De acuerdo con la estadística
que lleva la sección de Asuntos Internos de la policía bonaerense,
en el último año se iniciaron casi 1.100 causas contra policías,
de las cuales 257 fueron por enriquecimiento ilícito y 124 por
apremios ilegales.
La desconfianza de la población hacia la policía provocó
en los últimos años un inédito incremento del número
de empresas de seguridad y vigilancia privadas, muchas de ellas comandadas
por policías retirados que realizan la custodia de firmas, transportes
o casas particulares a cambio de un pago mensual.
Según investigaciones periodísticas, hay alrededor de 70.000
guardias privados, de los cuales sólo la mitad tienen los debidos
permisos para portar armas y cumplir la función por la que cobran.
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