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Aristide acusa
Por Julio Godoy
Paris, Francia, 15 de marzo (IPS) Antes de partir este
lunes desde República Centroafricana hacia Jamaica, el ex presidente
de Haití, Jean-Bertrand Aristide, acusó ante un tribunal
francés a los gobiernos de Estados Unidos y Francia de haberlo
derrocado y forzado al exilio.
La demanda presentada por un equipo internacional de abogados ante un
tribunal de París afirma que existió una conspiración
de esas dos potencias para derrocar a Aristide, asediado durante varias
semanas por una insurgencia armada, y que el presidente haitiano fue obligado
a abandonar la capital Puerto Príncipe y partir hacia República
Centroafricana.
En Bangui, capital de ese país africano, el abogado estadounidense
Ira Kurzban se reunió con Aristide para discutir la estrategia
legal a seguir. Kurzban y su socio francés Gilbert Collard anunciaron
luego en París que demandarían a los gobiernos de Estados
Unidos y Francia.
En la petición judicial, los abogados afirman que en la noche del
28 al 29 de febrero pasado, el embajador de Estados Unidos James Foley
se reunió con el primer ministro haitiano Yvon Neptune, y que éste
declaró tras la reunión que la situación era extremadamente
preocupante.
Más tarde esa noche, el vice-embajador estadounidense Luis Moreno,
acompañado por seis agentes especiales, se reunió con Aristide.
Bajo presión de Moreno, sostiene la demanda, el presidente firmó
una carta que decía: Si mi renuncia puede evitar un baño
de sangre, acepto dejar el poder en la esperanza de que triunfe la vida,
y no la muerte.
Moreno guió luego a Aristide hacia un avión que lo llevo
a él y a su esposa hacia República Centroafricana.
Estados Unidos y Francia, que habían dejado a Aristide abandonado
a su suerte mientras insurgentes dirigidos por ex líderes paramilitares
sembraban el caos en Haití, decidieron luego de la partida del
presidente desplegar tropas en ese país caribeño, para restaurar
el orden.
Aristide culpa ahora a Foley, a Thierry Burkard, embajador de Francia
en Haití, a su predecesor Yves Gaudel, y a los enviados especiales
Régis Debray y Veronique Albanel, hermana del canciller francés
Dominique de Villepin, de conspirar para derrocarlo.
Albanel y Debray, un escritor que se hizo famoso por su estrecha relación
con el revolucionario argentino Ernesto Che Guevara durante
la fracasada campaña guerrillera de éste en Bolivia, fueron
designados enviados especiales de Francia a Haití el año
pasado. Ambos negociaron con Aristide formas de poner fin a la crisis
política en el país caribeño.
Debray presidió el comité de deliberación sobre
las relaciones franco-haitianas, creado por el gobierno francés.
Albanel, presidenta de la desconocida organización no gubernamental
Fraternidad Universal, era miembro del comité.
Hervé Ladsous, portavoz de la cancillería francesa, justificó
la participación de Albanel con el argumento de que varias
personalidades fueron invitadas a participar en las deliberaciones
debido a su experiencia profesional.
Collard sostiene que Debray y Albanel presionaron al presidente haitiano
para que renunciara y abandonara el país. El gobierno de
Estados Unidos quería derrocar a Aristide, y el gobierno de Francia
hizo de cómplice, declaró el abogado a la prensa.
Según Collard, la carta de renuncia de Aristide es inconstitucional.
Aristide estaba rodeado de agentes extranjeros fuertemente armados,
y en medio de la noche, recordó.
Además, el avión que sacó a Aristide y su esposa
de Haití pertenece al gobierno de Estados Unidos.
Los secuestros de Aristide y su esposa fueron cometidos por funcionarios
de Estados Unidos, aparentemente por orden del vice-embajador estadounidense
Luis Moreno, y muy probablemente del secretario de estado adjunto de Estados
Unidos para América Latina, Roger Noriega, del secretario de Estado
(canciller) Colin Powell y del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld,
dijo Kurzban a la prensa en París.
Hasta mediados de febrero, tras varias semanas de enfrentamiento armado
entre el gobierno y la oposición, ni Washington ni París
pedían la renuncia de Aristide. Francia reclamaba una misión
internacional de paz, mientras que Powell decía que, aunque Aristide
era incompetente y corrupto, había sido elegido en forma democrática
y no debía ser obligado a renunciar.
Pero el 25 de febrero, De Villepin urgió abiertamente al presidente
haitiano a dimitir. Aristide tiene una gran responsabilidad en esta
situación. Su gobierno está estancado, y más allá
de toda norma constitucional, declaró el canciller en París
ese día.
Tres días después, Washington se plegó a la nueva
posición francesa, y ése fue el último día
de Aristide en la presidencia.
Ante el avance de los rebeldes, Aristide pidió a comienzos de febrero
reforzar su guardia personal, que estaba a cargo de la firma estadounidense
Steele Foundation.
Pero la empresa rechazó el pedido. Según un diplomático
citado por el diario francés Le Monde, una llamada telefónica
de Washington a San Francisco (la sede de Steele Foundation) arregló
el asunto.
Los marines de Estados Unidos no irán a rescatar a sus hombres
(los guardias de Aristide) si son atacados por los rebeldes, advirtió
Foley a Steele Foundation, según Le Monde.
Varios informes de prensa sugirieron que la postura de París contra
Aristide fue una respuesta a amenaza del presidente haitiano de demandar
compensación ante un tribunal internacional por el precio que los
ex esclavos haitianos debieron pagar para obtener la independencia en
1804. El diario Le Parisien estimó que la compensación demandada
ascendería a 28.000 dólares.
La cooperación de Francia y Estados Unidos va más allá
del despliegue militar en Haití tras la salida de Aristide. Ambos
gobiernos bloquean los intentos de investigar las circunstancias que rodearon
la renuncia de Aristide.
El regreso de Aristide a la región del Caribe causó polémica
en Haití y en la comunidad internacional.
La versión oficial es que Aristide viajó a Jamaica para
reunirse con su familia, pero los detractores del ex presidente aseguran
que su presencia en un país vecino puede volver más volátil
la situación en Haití.
Terrorismo, elecciones y fantasmas en España
Por Diana Cariboni
Montevideo, España, 15 de marzo (IPS) Fueron cuatro
días sin aliento en España: con inusitada crudeza el terrorismo
se convirtió en un actor capaz de cambiar el rumbo de un proceso
electoral, y puso a prueba los anticuerpos sociales contra el ocultamiento
y la manipulación.
En las elecciones generales del domingo, el gobernante Partido Popular
(PP) perdió 35 escaños y su mayoría absoluta. A juzgar
por las encuestas previas, su derrota no se hubiera dado de no mediar
la masacre del jueves en los trenes de Madrid.
Se confirme o no que los perpetradores fueron extremistas islámicos,
muchos consideraron que la tragedia no habría ocurrido si el gobierno
español no se hubiera involucrado en la guerra contra el
terrorismo que comanda el presidente de Estados Unidos, George W.
Bush.
Más que Mariano Rajoy, el candidato del PP, el castigado es el
hasta ahora presidente de gobierno José María Aznar, quien
será recordado por su incondicional apoyo a Bush en los preparativos
de la guerra a pesar de las protestas mayoritarias de toda España.
Diez militares y dos periodistas españoles han muerto en Iraq.
Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas
(CIS) de febrero de 2003, el 83 por cierto de los españoles estaba
en contra de la invasión.
Pero muchos votantes también se consideraron estafados por cómo
el gobierno manejó la información sobre la investigación
del atentado. Dio la impresión de que intentaba capitalizar electoralmente
el atentado, en el que murieron al menos 200 personas y más de
1.500 fueron heridas.
Durante más de 48 horas (las cruciales para que muchos ciudadanos
decidieran su voto), el gobierno sostuvo que ETA, el grupo terrorista
que es sinónimo del mal en España, era el responsable de
la carnicería, a pesar de que los indicios que apuntaban progresivamente
en otra dirección.
El jueves mismo parecía improbable que un ataque de esa envergadura
se aclarara de inmediato, a menos que sus perpetradores quisieran darse
a conocer de forma fiable.
Pero estaba claro que apenas un indicio firme de que el terrorismo islámico
se cobraba, a su modo, la participación de España en la
invasión de Iraq iba a tener efectos devastadores para el PP en
las elecciones que se preparaba para ganar.
Desde ese jueves, el gobierno (por boca de su ministro del Interior, Ángel
Acebes) repitió machaconamente que ETA era, indudablemente, la
responsable.
Todos los diarios titularon sus ediciones de ese día con variaciones
de Masacre de ETA. El jueves por la tarde, varios corresponsales
extranjeros en España recibieron llamadas de alguien que se identificó
como funcionaria del Palacio de La Moncloa (sede del gobierno) para darles
razones por las que debían considerar a ETA autora
del atentado.
Nos dio tres: la primera, que nadie había reivindicado, y
ETA tarda varios días en hacerlo. La segunda, que el explosivo
era habitualmente utilizado por ETA. La tercera, que ETA no avisa nunca
antes de los atentados, dijo Henk Boom, quien trabaja para los diarios
De Tijd (belga) y Het Financieele Dagblad (holandés).
Las llamadas comenzaron varias horas después de que la policía
española hallara un vehículo en Alcalá de Henares
con detonadores y una cinta con versículos del Corán en
árabe.
Preocupado por lo que más de un periodista consideró una
presión del gobierno, el Círculo de Corresponsales Extranjeros
se reunirá este lunes para tratar el caso, aunque La Moncloa haya
negado cualquier intento de coaccionar a la prensa.
La campaña electoral quedó oficialmente cerrada por decisión
de todos los partidos. Pero ésta continuó soterrada, bajo
la forma de lo que se investigaba y lo que se informaba.
Al intento gubernamental ayudó la televisión estatal, cuyos
periodistas adoptaron desde las primeras horas del jueves el latiguillo
el atentado de ETA.
En la consigna convocando a las manifestaciones del viernes en repulsa
al atentado, formulada por el gobierno, se añadió la defensa
de la Constitución, que desde varios sectores nacionalistas
se pretende reformar. A esas marchas acudieron 12 millones de personas.
La televisión española estuvo difundiendo imágenes
de la manifestación en Madrid y enfocando durante varios minutos
pancartas que decían Una nación entera y una sola
bandera, pero nunca las de No a la guerra, sí a la
paz , dijo en un artículo difundido por Internet la
periodista española Lucía Etxebarría.
Según Etxebarría, el diario El Mundo no le publicó
un artículo en el que criticaba la tesis gubernamental a pesar
de que se lo había solicitado.
El sábado, todavía Acebes se decía convencido
de que las nuevas pistas probarían la autoría de ETA, mientras
el candidato Rajoy tenía la convicción moral
de que fue ETA.
Mientras en España se hablaba de ETA, el resto del mundo miraba
otra película, quizás movido por sus propios fantasmas,
quizás porque pudo ver de lejos, en esos trenes destrozados, las
señales inquietantes de la mano del terrorismo islámico.
En Israel, la noticia de los atentados se dio acompañada de la
autoría de Al Qaeda, la red terrorista que se atribuyó los
taques del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington.
Funcionarios de inteligencia y periodistas de Estados Unidos vincularon
rápidamente las explosiones casi simultáneas con gran poder
devastador al estilo de Al Qaeda, conducida por el saudita prófugo
Osama bin Laden.
Hasta en Buenos Aires las amas de casa llamaban a las radios para comentar
su impresión de que era Al Qaeda, y no ETA, la responsable de tanto
horror. Y lo mismo repetían los españoles residentes en
Argentina que se reunieron el viernes a repudiar la tragedia.
Los argentinos aún no se reponen de los atentados explosivos contra
la sede de la embajada de Israel, en 1992, y de la Asociación Mutual
Israelita (AMIA), en 1994, en los que murieron 85 personas.
Una cortina de humo y pistas falsas, en parte abonadas por el gobierno
de Carlos Menem (1989-1999), ha impedido hasta ahora hallar a los autores
intelectuales de esos crímenes, aunque el móvil estuvo claro
desde el principio: propinar desde el extremismo árabe golpes a
intereses israelíes.
Para el sábado, cuando varios miles de personas se concentraron
ante las sedes del PP en Madrid, Bilbao, Santiago, Barcelona, Gijón,
Zaragoza y otras ciudades para reclamar al gobierno la verdad, ya se habían
sumado dos desmentidos de ETA.
¿Quién ha sido? y mentirosos, clamaba
la multitud, pese a que las convocatorias llamaban a manifestarse en silencio,
pues el sábado era la jornada de reflexión previa a los
comicios.
El ambiente de crispación era tal que, en Pamplona, un policía
mataba a balazos otra persona tras una discusión sobre los atentados.
Fue entonces cuando el gobierno informó de la aparición
de un vídeo dejado en una papelera cerca de una mezquita de Madrid,
en el que un hombre auto identificado como el portavoz militar de Al Qaeda
en Europa, Abu Dujan Al Afgani, reivindica en árabe las explosiones
de Atocha.
Es una respuesta a su colaboración con los criminales Bush
y sus aliados. Esto es como respuesta a los crímenes que han causado
en el mundo y en concreto en Iraq y en Afganistán, y habrá
más si Dios quiere, decía el mensaje.
Ya las autoridades habían detenido a cinco extranjeros (tres marroquíes
y dos indios) sospechosos de colaborar con el ataque. La tesis ETA se
desmoronaba.
El domingo, el PP perdió el poder a manos de su adversario, el
Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que logró el 43
por ciento de los votos y que había sostenido su oposición
a la guerra en Iraq.
La concurrencia a las urnas fue la mayor de los últimos 29 años.
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