|
¿Dónde y por qué murieron
los jóvenes de Cajamarca?
por Constanza Vieira
Bogota, 21 abr. (IPS) La versión oficial sobre errores
militares para explicar el asesinato de cinco jóvenes, incluidos
tres adolescentes y un bebé, el 10 de este mes en el central municipio
colombiano de Cajamarca, se da de bruces con denuncias de la familia de
las víctimas, confirmadas por dos fuentes de IPS.
Una pareja de 17 años, su bebé de seis meses, un tío
del niño, de 24 años, y un joven de 14 fueron muertos por
disparos del ejército a las 21.00 horas del sábado 10 de
abril. La madre y su hijo quedaron con el cráneo totalmente destrozado.
Según dos familiares, el grupo de campesinos no murió en
un camino por confusiones de la tropa que opera en la zona,
sino que fue sacado de su casa.
La noticia llegó a las redacciones de los diarios el domingo 11.
El comandante de las Fuerzas Armadas, Carlos Alberto Ospina, calificó
de confusas las circunstancias de las muertes y reveló
que el ejército se dirigía a una casa en la que supuestamente
se ocultaba un jefe guerrillero herido en combate.
Al día siguiente, el presidente Alvaro Uribe viajó al lugar
y en la noche expresó por televisión su dolor de padre,
añadiendo que no habría sanciones contra los militares,
pues se trató de un error, en medio de un operativo para asegurar
la movilización de turistas durante la festividad católica
de Semana Santa.
De acuerdo con la versión militar, corroborada por Uribe, una patrulla
del batallón contrainsurgente Pijaos, percatada de la presencia
de personal extraño en el sector y en atención al inminente
contacto con terroristas, y previa advertencia de detención
que no había sido atendida, disparó al grupo a 30 metros
de distancia, cuando los labriegos caminaban por una vía rural.
El ejército dijo que esa noche había neblina. Pero un habitante
del lugar afirmó que era una clara noche de luna.
El ejército prometió indemnizar a las familias de las víctimas
y anunció que la justicia militar ya había iniciado una
investigación.
Pero Uribe puso el lunes 12 punto final a la investigación,
aduciendo estar convencido de la buena fe del ejército en
esta equivocación.
Si se tratara de un ejército violador de derechos humanos,
los comandantes regionales y nacionales de los soldados que dispararon
contra los campesinos hubieran inducido a sus subalternos a la mentira
o a la distorsión de los hechos. Nuestros comandantes afrontaron
la responsabilidad y dijeron la verdad, subrayó.
Según familiares, los jóvenes tenían intención
de llevar esa noche al bebé a recibir atención médica
urgente en Anaime, corregimiento de Cajamarca, a 25 kilómetros
de su vivienda.
El ejército situó el lugar de las muertes a nueve kilómetros
de distancia de la casa, en la vía hacia Anaime. Las autoridades
no permitieron que el alcalde local, Everardo Rodríguez, se acercara
al sitio de los hechos y mantuvieron a la prensa a una hora de camino.
Rodríguez explicó que las familias de las víctimas
carecen de recursos y que el municipio donó los ataúdes.
El miércoles, cuando los familiares se dirigían a la Sexta
Brigada del ejército, con sede en Ibagué, capital del departamento
de Tolima, para recibir del comandante Lelio Fadul Suárez un instructivo
sobre la indemnización, un miembro de la familia interceptó
a un alto funcionario civil.
Fue así como comenzó el incómodo vuelco en este relato.
Ernesto Saraza, un vecino, acudió el lunes a la casa de la pareja
muerta para dar de comer a los animales. Encontró la puerta abierta,
los cerdos adentro, los platos servidos, dos ollas con comida en el fogón
y la ropa tendida afuera, donde también estaba sin cerrar la cerca
de entrada a la finca, contrariando toda costumbre campesina cuando se
deja sola una vivienda.
En el clima frío del pre páramo tropical, los padres olvidaron
las dos mantas de arropar al bebé, sus pañales y su biberón
a medio consumir, además de la tarjeta de identidad del padre y
el carné de vacunas del niño, necesario para que recibiera
atención médica en Anaime.
O huyeron al sentir la presencia de hombres armados, o fueron sacados
a la fuerza de la casa, fueron las hipótesis del funcionario
cuya identidad IPS se comprometió a guardar, así como el
nombre de la institución que representa.
Pero Alexander Mendoza, hermano de tres de los muertos, de poco más
de 20 años, tímido y de apariencia serena, fue directo al
grano el viernes cuando habló a la televisora Caracol: ¿Por
qué los sacaron de la casa? Que se sepa quién los sacó
de la casa y los mató.
Mendoza tampoco pudo acercarse al lugar donde cayeron sus parientes.
El padre y abuelo de las víctimas confirmó al legislador
por Tolima Hugo Zárrate que todos los indicios muestran que los
jóvenes fueron sacados a la fuerza de la casa cuando estaban cenando.
El grave problema es que ese mismo vecino (Saraza), un campesino
ingenuo, lavó las ollas, barrió el piso, cerró las
puertas, sacó los animales, dijo a su vez el funcionario.
Así, se ha roto la cadena de pruebas, entre otras razones
porque los investigadores no tuvieron oportunidad de llegar a tiempo
a la casa. A la fiscalía el ejército le impidió
subir al escenario de los hechos, agregó el funcionario.
Cajamarca, con una larga historia de lucha agraria por la tierra, es una
región traumatizada por la guerra que sacude a Colombia desde hace
cuatro décadas.
Hasta fines de 2003 en la guerrilla (de las izquierdistas Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC), había un asesino brutal,
un hombre de sangre fría capaz de ultimar a los heridos,
que luego fue retirado de la zona por sus superiores, relató el
funcionario a IPS.
Y el congresista Zárrate, del izquierdista Polo Democrático,
dijo a IPS que el guerrillero, de nombre de combate Carrillo,
cometió toda clase de atropellos durante muchos meses.
Pero a renglón seguido entraron el ejército y los
paramilitares y sucedieron hechos iguales y aún peores, agregó.
El alcalde Rodríguez recordó que en la vereda de Potosí,
un paraje montañoso del municipio de Cajamarca, hemos tenido
muchos problemas.
Según Zárrate, en este momento hay 150 familias desplazadas
de esa región.
Siete campesinos fueron asesinados allí en noviembre, entre ellos
dos líderes sindicales agrarios, y otros 16 están desaparecidos.
Las víctimas habían participado en marzo de 2003 en la toma
de una finca de un diplomático, de donde fueron desalojados poco
antes de la operación Pijao.
Cuatro testigos, incluido un sobreviviente bajo protección de organismos
internacionales de derechos humanos, declararon que en la matanza, precedida
de torturas y descuartizamiento, participaron hombres con insignias del
ejército y, al mismo tiempo, brazaletes de las AUC (Autodefensas
Unidas de Colombia), organización de los paramilitares derechistas.
Los perpetradores se comunicaban por radio, presumiblemente con
miembros del ejército que comandaban una operación contra
la guerrilla, relató a IPS el alto funcionario, repitiendo
testimonios recogidos.
La matanza de noviembre continúa impune.
En agosto del año pasado las autoridades detuvieron a 56 personas
acusadas de ayudar a la guerrilla, incluyendo un párroco y un bibliotecario,
dos maestras, un ex alcalde de Cajamarca y el entonces candidato izquierdista
al mismo cargo, además de comerciantes, líderes populares
y amas de casa.
La mayor parte de los detenidos fueron liberados sin cargos. Casi todos,
o familiares de ellos, habían participado en la toma de tierras.
La muerte de los jóvenes de Cajamarca no es un hecho aislado.
Hay un atropello general a los derechos de movilización y propiedad,
dijo a IPS Zárrate, quien el fin de semana visitó la zona.
La gente allá está viviendo como en un campo de concentración.
Lo que se pone en evidencia es que al presidente (Uribe) se le dijeron
mentiras y fue engañado, a no ser que el propio presidente esté
diciendo mentiras, agregó.
Los asesinatos de Cajamarca ocurrieron tres días antes de que la
Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU), en sesión anual hasta este viernes en Ginebra, debatiera
el caso colombiano.
El Alto Comisionado interino de la ONU para los Derechos Humanos, Bertrand
Ramcharan, calificó de crítica la situación
humanitaria de este país de 43 millones de personas, y expresó
la necesidad de que el gobierno modifique medidas del Estatuto Antiterrorista,
bajo estudio del parlamento, especialmente aquellas que dan a las
Fuerzas Armadas poderes de policía judicial.
Existen denuncias creíbles sobre la responsabilidad directa
de servidores públicos, incluyendo Fuerzas Armadas y policía,
algunas veces en concierto con fiscales en casos de violación
de derechos humanos, así como un aumento de las ejecuciones
extrajudiciales, desapariciones forzadas, torturas y tratos degradantes,
detenciones arbitrarias o ilegales y violaciones al debido proceso,
sostuvo Ramcharan.
|